El 10 de enero de 1601 Felipe III ordenó trasladar la corte desde Madrid, donde permanecía desde 1561, a Valladolid. Madrid dejó de ser la capital del reino, lo que causó cierto quebranto a la economía madrileña y bastante incomodidad a los cortesanos, pues como no hay ciudad, ni siquiera Valladolid, que pueda absorber de la noche a la mañana una corte tan numerosa como aquella, no es de extrañar que tuviesen que apiñarse en casas y posadas y, lo que es peor, que tuviesen que mezclarse con los pedigüeños y solicitantes de la corte. ¡Un grande de España viviendo en una habitación con derecho a cocina compartida con otro grande de España! ¿Y los reyes? El rey echaba de menos el clima de Madrid y sobre todo los bosques de caza del Pardo y de Riofrío, y la reina, que estaba embarazada, se negó a ocupar el palacio que les habían preparado, porque en él había muerto de sobreparto la primera esposa de Felipe II. Si nadie estaba contento ¿por qué se habían ido a Valladolid?
El rey delegaba todos los asuntos de estado en el duque de Lerma, el valido. Decía amén a todas sus ocurrencias y la de irse a Valladolid había sido una de ellas. El interés del de Lerma por el traslado hay que buscarlo en que durante meses se había dedicado a comprar casas y terrenos en Valladolid antes de convencer al rey de la necesidad de mover allí la corte. Nobles y cortesanos se encontraron pues, con que tenían que comprarle la casa al duque porque otra cosa no había. Negocio redondo. Tuvo, eso sí, un detalle con los monarcas pues, consciente de que no podían alojarse en cualquier posada, compró un palacio que les vendió luego a muy buen precio. El asunto terminó cinco años después, cuando los comerciantes madrileños, que le tenían calado, se presentaron ante él ofreciéndole 250.000 ducados por el retorno de la corte a Madrid. Como ya había recogido todas las plusvalías por la venta de inmuebles, alargó la mano, tomó los ducados y dicho y hecho: al día siguiente volvían todos a Madrid. ¡Vaya pelotazo! Redondo ¿no?
Pero ¿quien era este Duque de Lerma? De Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, V marqués de Denia, I marqués de Cea, sumiller de Corps y caballerizo mayor, dicen los historiadores que era de escasas luces y cultura, vanidoso y de agradables maneras. Pero sobre todo dicen que era un gran caradura. Se ganó la confianza del Felipe príncipe, que al coronarse Felipe III le hizo su valido y como era de carácter débil y poco propicio a atender las cuestiones de estado, delegó todo en él. Tanto delegó que hasta equiparó la firma del valido con la suya ¡Mandaba tanto como el rey! Y naturalmente puso en práctica las labores propias de tanto poder: como precisaba de un gabinete que le ayudase, inmediatamente colocó a todos sus parientes y amigos; organizó un negocio de concesión, previo pago, de cargos públicos; consideró que sus títulos no tenían bastante brillo, por lo que tuvo a bien el concederse a sí mismo el de duque de Lerma con grandeza de España y decían, y dicen, las malas lenguas que el tesoro público era como si fuese el suyo propio.
Hay una historia que nos pinta fielmente su personalidad. El día 10 de julio de 1603 recorría las calles de Valladolid una comitiva encabezada por representantes de todas las órdenes del clero del cabildo de la ciudad. Seguía, vestido de pontifical, el obispo seguido a su vez de los presidentes y miembros de los Consejos, los grandes de España, el arzobispo de Zaragoza y el cardenal de Toledo. Todos en solemne procesión seguían a un ataúd que contenía… un montón de ladrillos. ¡La altísima nobleza española desfilaba escoltando con toda solemnidad a unos modestos ladrillos! Y es que días antes, el 2 de julio, la esposa del duque, Catalina de la Cerda, había fallecido en Buitrago. La idea del duque era enterrarla en Valladolid, con toda la pompa y circunstancia posibles, pero como doña Catalina hubiese manifestado su deseo de ser enterrada en Medinaceli, su familia se opuso, lo que llevó a prolijas discusiones que retrasaron el inicio del viaje. Finalmente salieron hacia Valladolid, pero entre las discusiones, la distancia, los medios de la época y la calorina del mes de julio en la meseta, cuando llegaron nadie del cortejo aguantaba el hedor y hubo que enterrar deprisa y corriendo a la pobre doña Catalina en el convento de Belén. Pero el duque no se quería perder la magna función, así que ordenó traer un ataúd nuevo, lo mandó llenar de ladrillos y… ya sabemos como siguió aquello. ¿¡En qué estaría pensando Berlanga para no hacer una película sobre esta historia!?
Pero la guinda en la peculiar biografía de Lerma aun no estaba puesta. Tanto trapicheo le originó muchos enemigos, el peor de ellos la propia reina, que finalmente pusieron al descubierto muchas de sus trapacerías, consiguiendo que se tambaleara su poder. Viendo que pintaban bastos se dirigió al papa Pablo V solicitando la concesión del capelo cardenalicio, lo que le fue concedido aunque ignoramos por cuanto. Cuando el rey le llamó a capítulo para leerle la cartilla, en lugar del orgulloso duque se encontró con su ilustrísima el cardenal, y como no era cosa de ejecutar a un cardenal en la Plaza Mayor se contentó con desterrarle a Lerma. Y así el pueblo de Madrid pudo cantar:
Por no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado.
Le sustituyó como valido el duque de Uceda, que había sido uno de los cabecillas del grupo que se le oponía. Por cierto que este duque era hijo de Lerma. Genial época y producto típico de ella este duque de Lerma. Algunos pensarán erroneamente que no es para tanto, que de información privilegiada, especulación, nepotismo, cohecho y prevaricación tenemos hoy en abundancia. Cierto, pero sin una mínima parte de la clase y el glamour de este personaje, pues ¿cuantos alcaldillos en nuestra época organizarían el entierro solemnísimo de unos ladrillos, se nombrarían grandes de España y, para rematar, maniobrarían para ser cardenales?
Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, Grande de España, I duque de Lerma, V marqués de Denia, I marqués de Cea; retrato de Rubens (Museo del Prado).


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