Haciendo limpieza de mis “papeles electrónicos”, me encontré con esta historia de la Plaza Mayor de Madrid de la que no recuerdo en absoluto las razones que tuve para escribirla. Para los aficionados a las novelas del Capitán Alatriste tiene el interés de ver en las imágenes la plaza tal y como pudo contemplarla el capitán, especialmente en sus aventuras El Capitán Alatriste y en Limpieza de Sangre. Así que como me apetecía compartirla con vosotros, ahí va. La más bella plaza porticada de España, con la excepción quizá de la de Salamanca, era laguna que fue desecada en los tiempos del rey Juan II de Castilla.
Se la denominó en un principio Plaza del Arrabal, palabra de origen árabe que significa fuera de la ciudad, ya que estaba en el exterior del recinto amurallado que discurría por sus proximidades (calles de Cava de S. Miguel y Cuchilleros). A lo largo de su historia tuvo varios nombres: Plaza Mayor, Plaza Real, Plaza de la Constitución, Plaza Real, Plaza de la Constitución, Plaza Mayor… dependiendo de los vientos políticos del momento. Pronto se estableció en ella el mercado de la Villa, y hay varias ordenanzas en el siglo XV que regulan la ubicación de los puestos, el uso de toldos, etc. algunas de ellas promulgadas por los Reyes Católicos. En época de los Austrias, y concretamente en la de Felipe III, se decide cerrarla con lo que adquiere un aspecto muy parecido al actual.

Plaza Mayor hacia el siglo XVII. Anónimo; s. XVII (Museo Municipal de Madrid)
La tarea se encomendó al arquitecto Herrera, el del El Escorial, siendo terminada por discípulos suyos. En la imagen se aprecia el ala norte de la plaza, y es de destacar que los accesos no están cerrados mediante arcos como en la actualidad, sino que son abiertos. Comienza a tener una gran importancia en la vida de la Villa y Corte convirtiéndose en el centro del comercio y de los oficios, así como punto de encuentro de los vecinos. La actividad comercial bajo los soportales se dividía en gremios: ala oeste y mitad de la sur, comercio de paños; resto de ala sur, comercio de cáñamos y sedas; ala norte comercio de sedas e hilos; ala este, comercio de quincalla. Otros gremios se agruparon en las calles de alrededor, cuyos nombres nos recuerdan hoy sus actividades: Latoneros, Coloreros, Cuchilleros, Bordadores, etc.
Del siglo XVII son el edificio, en el ala norte, de la Casa de la Panadería, y en el ala sur, de la Casa de la Carnicería. Sus nombres dan una pista de a qué estaban dedicados: tenían el monopolio en aquella época de la venta de estos productos. Los horribles frescos que se pueden ver en la fachada de la Casa del la Panadería son de la década de los ochenta del siglo XX y por tanto perfectamente prescindibles.
La Plaza fue escenario de los más importantes acontecimientos de la Villa, por ejemplo las ejecuciones, que eran públicas: frente al ala oeste por garrote vil, frente a la Casa de la Panadería por ahorcamiento, frente a la Casa de la Carnicería por degüello con cuchillo o decapitación con hacha. Asimismo también tenían lugar en ella los Autos de Fe del Santo Oficio. Los condenados a la hoguera, no tantos como comúnmente se cree, eran llevados después en procesión hasta donde actualmente se levanta la Puerta de Alcalá donde se consumaba la sentencia.

Auto de Fe en la Plaza Mayor. Francisco de Ricci; 1683 (Museo del Prado)
Cuando se celebraba una boda real, se agasajaba a un ilustre visitante, o cualquier fiesta real se celebraban torneos (juegos de cañas) y fiestas de toros.

Juego de Cañas en la Plaza Mayor. Juan de la Corte; s. XVII (Museo Municipal de Madrid)
La celebración de la fiesta de toros al estilo de la época, era un tanto peculiar, pues en la plaza permanecía en formación la Guardia Real, aguantando la cosa a pie firme y sin romper las filas.

Fiesta de toros en la Plaza Mayor. Anónimo; s. XVII (Museo Municipal de Madrid)
Las reses eran alanceadas por los nobles, que llevaban a su servidumbre para auxiliarles en la lidia. Se dice que de la actividad de estos servidores se deriva el actual toreo a pie. Los balcones de las casas particulares tenían que pagar unas tasas cuando acontecían estos festejos, dependiendo la cuantía de la altura del balcón: primera planta, segunda, etc. En el siglo XVIII un espectacular incendio destruyó la mitad del ala sur y parte de la oeste. Se encomendó al arquitecto Villanueva su reconstrucción, lo que aprovechó para la remodelación de la plaza, rebajando la altura de los edificios y cerrando los accesos mediante arcos, dándole la fisonomía que hoy conocemos. La última remodelación tuvo lugar en los años sesenta del siglo XX, y consistió en la construcción del aparcamiento subterráneo y el cierre de la circulación a los carruajes. Desde el siglo XVIII fue cediendo importancia a la más moderna Puerta del Sol como centro neurálgico de la actividad, en muchos casos inactividad, de la Villa.

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